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El uniforme

Foto del escritor: Etty Kaufmann Kappari
Etty Kaufmann Kappari
12 ago
4 min de lectura

Actualizado: 17 ago




A Otto le gustaba jugar fútbol, así que pensó que unirse al equipo del colegio sería una buena idea. Unas semanas después de sumarse a las prácticas, el entrenador le dijo que debía pagar una cuota para el uniforme del equipo. En ese momento Otto pensó: «¿Y de dónde voy a sacar dinero, si en casa solo hay lo que hay?»


Esa urgencia por conseguir plata no era nueva; venía de antes. Otto tenía ocho años cuando su papá se enamoró de otra mujer y se fue de la casa. Su mamá asumió sola la crianza de los hijos, saliendo a trabajar antes del amanecer y regresando después del anochecer — lo que significaba que, en la práctica, Otto y su hermana tenían que cuidarse solos. De lunes a viernes se levantaban a las seis de la mañana, se alistaban y caminaban juntos hasta una escuela al otro lado del río. A medio camino, una quebrada les cruzaba el paso. No había puente, solo maderas y latas que la gente del barrio había puesto sobre las piedras — un cruce improvisado que atravesaban cada mañana y cada tarde, arriesgando la vida con saltos rápidos y calculados. Algunos días el caudal corría demasiado fuerte para cruzar, y sin plata para el bus, no les quedaba más remedio que caminar los seis kilómetros de regreso.


Una vez, pasando la quebrada, Otto se resbaló y su pie se atascó entre dos piedras. Con fuerza jaló y logró sacar el pie, pero el zapato salió volando y cuando se dio cuenta iba río abajo. Ese día no pudo llegar a la escuela y le pusieron ausencia injustificada. Al día siguiente llegó con el único par que le quedaba: unos tenis azules que su papá había dejado, los cuales no cumplían con el reglamento y además le quedaban grandes. En la escuela le pusieron una boleta de amonestación delante de sus compañeros y le quitaron puntos de la nota de conducta por no llevar uniforme completo. Y Otto no decía nada porque le daba vergüenza no tener.


Y encima, como su mamá se iba desde muy temprano y volvía muy tarde —trabajaba jornada completa en la casa de un político importante como empleada doméstica—, tardó dos meses en enterarse de las ausencias de Otto. Habló con la maestra, pero esta le dijo que ya no había nada qué hacer: su hijo había perdido el año porque, según el reglamento, faltó más de la cuenta. Podía matricularlo el siguiente curso lectivo, eso sí, pero su hijo tendría que comprometerse con el estudio.


Entre la amonestación, la plata que debía del uniforme y su dificultad para entender lo que le enseñaban, se le fueron las ganas de ir a clases. Aun así, siguió acompañando a su hermana todos los días para protegerla en el cruce del río, aunque él ya no entrara al aula.

Desesperado, buscó a «los de la parada» y se puso a su disposición para lo que fuera, pues necesitaba ganar un poquillo de plata. Desde que se unió a ellos, el dinero le empezó a entrar rapidito, como un chorro de agua.


Mientras en la escuela todo era complicado, con «los de la parada» las cosas eran distintas. Se sentía tranquilo con ellos porque no tenía que aparentar; finalmente estaba con gente como él. Sintió un gran alivio al notar que comprendía la dinámica de la calle con facilidad, mientras que en la escuela siempre se había sentido bruto.


Esa cercanía con el grupo solo fue creciendo con el tiempo. Cuando cumplió trece años, «los de la parada» le dieron una pistola, pero siempre la andaba descargada porque no se imaginaba usándola contra alguien.


Andábamos haciendo loco, decía.


Fue en medio de esa vida que llegaron sus quince años. Para celebrarlos, sus amigos lo llevaron de fiesta a un bar. Eso fue el viernes anterior al problema. Otto recordaría cada detalle de esa noche por mucho tiempo: tomaron, rieron y se relajaron; incluso le pusieron una vela a un picadillo de papa y así le cantaron «cumpleaños feliz». Estaban muertos de risa. Sacaron fotos y, después de los aplausos, María, una chica del barrio que le gustaba, se le acercó. Hablaron. Al poco, ella le pasó los dos brazos por los hombros hasta enganchar las manos en su cuello y le susurró algo al oído. A Otto se le erizó la piel. Ella giró la cabeza para quedar frente a él, nariz con nariz, mirada con mirada, y remató con una sonrisa. Bailaron, hablaron y rieron hasta que los echaron del bar. Luego Otto acompañó a María a su casa, se despidieron y quedaron en verse dos días después, porque él tenía que hacer un trabajo con «los de la parada». Si no hubiera sido por eso, le habría dicho que la vería al día siguiente.


Esa noche todo salió mal y un tipo salió muerto.


Ahora Otto se gana algo limpiando las oficinas administrativas del penal, porque aunque su mamá trabaja diez horas al día en la casa del político importante, la familia sigue siendo pobre.

Estar tanto tiempo encerrado cansa mucho, decía.

Al principio le aturdía no tener nada qué hacer; no manejaba bien esa desesperación y por eso terminó metiéndose en líos con otros reclusos, así se ganó esa cicatriz que va, de la sien a la quijada.


Se fue calmando poco a poco, con ayuda del Rivotril, que conseguía gracias a uno de sus compañeros de celda, a quien le pagaba el favor lavándole la ropa. Y en medio de esa calma forzada, tampoco volvió a las aulas: no entró a clases durante los primeros años de la privación de su libertad, todavía recordaba con amargura lo bruto que se sentía cuando iba con su hermana todas las mañanas a la escuela.


A veces, sentado en su celda, Otto piensa en todo eso y se da cuenta de que nunca fue solo la plata, ni el uniforme, ni las boletas de amonestación. Era su papá, que desapareció de su vida. Era su mamá, que salía antes de que él despertara y volvía cuando ya estaba dormido. Era su hermana, a quien cuidaba porque no le quedaba opción. Era la profesora que nunca le preguntó. Y también «los de la parada», que le dieron un lugar diferente.


Hoy su mamá y su hermana lo visitan una vez al mes. Hay días en que Otto recuerda a ese niño que fue y se pregunta qué habría pasado si aquel zapato nunca se lo hubiera llevado el río.


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