La cárcel de mujeres
- Etty Kaufmann Kappari
- hace 19 horas
- 2 min de lectura

Los días que voy a la cárcel a hacer entrevistas me levanto inquieta. El agua tibia de la ducha, el café negro caliente, el huevo frito sobre una tostada de pan fresco me parecen un exceso.
Ese lunes 14 de noviembre del 2019 me tocó ir a la cárcel de mujeres. Llegué cerca de las 8 de la mañana. No había fila. Después de la requisa, una mujer policía me llevó por una calle de lastre. A los pocos metros me señaló un galerón que estaba a mano derecha:
—Es una fábrica, ahí trabajan algunas reas —me explicó.
A la izquierda estaba la celda-casa-cuna donde viven las mujeres que tienen bebés. Cuando esos bebés cumplen tres años, la ley se los arrebata a la madre y se los lleva a algún familiar o los traslada a un albergue del Estado. ¿Es un bebé de tres años un objeto transferible? Yo no sé qué hubiera hecho si me quitan a mi hija o a mi hijo. Tampoco sé qué hubiera sido de mis bebés si se los llevan así, de un día para otro.
La mujer policía y yo entramos a un edificio de madera con un patio interno que alguna vez tuvo un árbol de mango y jardines con flores y que ahora es un «planché» de cemento que absorbe el sol del mediodía. Caminamos por un pasillo hacia la oficina de la subdirectora. Parecía que el edificio administrativo estaba en proceso de demolición, pero llevaba años en ese estado.
La joven con la que conversé durante las semanas siguientes llegó en mal estado físico: tenía cortes en los brazos, en las piernas y en el cuello. Ya no tenía espacio para más cicatrices. Empezó a hablar. La llamaré La Panzona, porque estaba embarazada.




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