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La panzona (versión en español)

  • Foto del escritor: Etty Kaufmann Kappari
    Etty Kaufmann Kappari
  • hace 4 horas
  • 3 min de lectura

Yo andaba con el cliente de los viernes, un gringo pensionado que se había venido a vivir a Jacó. Algunos fines de semana venía a San José a hacer compras para su negocio y luego pasaba a verme. Ese viernes se sintió mal, le agarró dolor en el pecho y se le descompuso la panza, ¡viera el susto! Obvio que lo acompañé al hospital, pero no me dejaron entrar con él, creo que porque se dieron cuenta de que yo era menor de edad. Entonces, para no perder la noche, me devolví al bar. Ese día conocí a Bryan. Se me acercó, me invitó a un trago y ahí empezó todo. Él no era cliente mío, no, no, qué va. Yo sé separar bien las cosas. Él era mi amor.


Rápido se fue a vivir conmigo y se acomodó a lo que yo ganaba. Incluso a veces me conseguía clientes que pagaban bien. «La luna de miel» pasó y se empezó a poner raro conmigo. Me decía que qué poca plata había hecho esa noche, me pegaba manotazos en la cabeza, me empujaba y me amenazaba con el dedo. A veces parecía como poseído. Pero luego nos contentábamos y de nuevo el amor, como siempre.


A los cinco meses de salir con él me entero de que estoy embarazada. ¡No sabe la felicidad que sentí! Me puse a pensar en nombres, a ver ropitas, me imaginaba viviendo en un lugar más grande para los tres. Y, claro, como estoy panzona, se me ocurre decirle que por qué no trabaja mientras estoy así, pero qué va, me grita que no, que con la panza se gana más plata. Y, de verdad, apenas dije que estaba embarazada me llené de trabajo, pero se lo juro que yo ya no daba más. Y él cada vez peor: me insultaba, me daba manotazos, me quitaba la plata de la cartera. Luego volvía a ser lindo y cariñoso. Incluso un día me trajo cosas para el bebé.


Así pasaron los meses. La panza creció y creció y la lista de clientes también. Un día, ya con más de 8 meses de embarazo, Bryan llega con un arma y me la pone en la panza y me empieza a acariciar con ella y me desviste, entonces me asusto por el bebé. Le digo que deje la pistola, que me da miedo. Él la deja sobre la mesa de noche. Yo le quito la camisa, le bajo los pantalones hasta las rodillas. Él me dice que no hay como hacerle el amor a una panzona. Y en eso me tira a la cama, me pone de espaldas, me jala el pelo y ya sabe, todo lo demás. Entonces el bebé patea durísimo.


Bryan sigue y el bebé vuelve a patear más fuerte. Entonces, en un movimiento rápido, logro saltar de la cama al piso. Por supuesto que él se pone como los diablos. Que si me había vuelto loca, me decía, y que volviera a la cama. Y yo le decía que no quería, que le podía pasar algo al bebé. Y él me grita que no le importa, que tengo que terminar lo que había empezado. Entonces se me rompe la fuente y ya no siento al bebé. Viera el susto.


Y él seguía con la necedad. Yo sabía que lo ponía como el fuego que estuviera panzona, yo sabía, pero ¿se imagina que le pasara algo a mi bebé?


En eso, me vuelve a gritar. Me asusto. Se levanta y me pega un puñetazo en la cara, quedo tonta, me jala de un brazo y me da vuelta. El arma está a unos centímetros de mí. Me viene un calambre. Grito. Él me dice «mi panzona rica». Me viene otro calambre que me duele más. Cuando pasa y logro respirar, me zafo de él y agarro el arma que había dejado en la mesa de noche y le suplico que me deje porque tengo que ir al hospital.


Él sonríe con esa cara, ¿sabe? Esa cara fea que me daba miedo. Y se viene hacia mí. Y yo me hago hacia un lado, me da otro calambre y no sé en qué momento, escucho el disparo y él en el piso.


¿Qué más le puedo decir?

 
 
 

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