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Carlos

Foto del escritor: Etty Kaufmann Kappari
Etty Kaufmann Kappari
10 ago
4 min de lectura

Son las 4:00 p. m. Carlos acaba de llegar a su casa. No hay nadie. Sus  hermanos menores en casa de la abuela y su mamá anda visitando a su papá en la cárcel (que está cumpliendo una sentencia de doce años por tráfico de drogas).


Carlos va directo a su cuarto. Tiene ganas de ver tele para matar el tiempo, pero, antes de encenderla, se recuesta boca arriba en la cama y mira el techo. Estira los  brazos hacia los lados y cierra los ojos mientras piensa en su fiesta.


Quiere que sean las 7:00 p. m. porque hoy cumple dieciséis y la celebración es en  el bar de Chelo. Ahí quedó con amigos mayores que él y con unas chicas. No va a  tener problemas para entrar porque tiene una cédula falsa que le consiguió Bombillo.


Está feliz porque esa mañana su madre y sus hermanos le cantaron antes de ir al  cole, le regalaron ropa nueva y zapatos de marca que piensa estrenar en la noche.  Además, Marcela, la muchacha que le gusta, le confirmó que va a ir a la fiesta y  eso lo tiene muy emocionado. 


Sigue tirado sobre la cama. Abre los ojos, mira el techo y nota que una lámina del  cielorraso está torcida, quizás a raíz del último temblor, que fue fuertísimo. Lo pica la curiosidad, así que se sienta en la cama sin dejar de mirar hacia arriba.  Se pone de pie. Trae la escalera de metal del patio y la ubica debajo de la lámina del techo. Se sube, la mueve, mete la mano y empieza a buscar. Palpa a un lado y al otro. Al principio no siente nada, pero cuando está por bajarse de la  escalera toca algo: un arma. 


No cree que el arma sea de Jason, su hermano mayor, porque él es un tipo tranquilo que vive con la novia desde hace seis meses y que está por convertirse  en papá. «No, no es de él, ni en broma», piensa. Como está seguro de que tampoco le pertenece a su madre, asume que es de su  papá y que probablemente la dejó escondida ahí antes de que se lo llevaran preso.


Carlos compartió poco con su padre, pero recuerda bien las tardes en que toda la  familia practicaba tiro al blanco con latas y botellas en las partes secas de río Sucio: se ponían el arma en la espalda, contaban hasta tres, la sacaban y  les disparaban a los objetivos. El más rápido ganaba un premio. Carlos sonríe ante el recuerdo de esas tardes. Su padre fue quien le enseñó todas las mañas que sabe hacer con las pistolas. Aparte de eso, no le enseñó mucho más.

  

A Carlos no le faltaba casi nada: iba al único colegio privado de su pueblo, compraba ropa nueva todos los meses y siempre andaba con plata en el bolsillo. Lo único que no tenía era el amor de su padre, algo que no podía comprar. Justo hoy que lo recuerda piensa en lo bonito que hubiera sido tener una relación más cercana con él.

 

Toma el arma con cuidado, se baja de la escalera y se sienta en la cama. Mira el  reloj, piensa que todavía faltan más de dos horas para su fiesta así que llama a Bombillo,  quien lo invita a su casa. Bombillo mira el arma y hace un par de llamadas. Ambos se van a la ferretería a buscar a un tipo que les puede vender los tiros clandestinamente.  


Vuelve a su casa a las 6, guarda la pistola en la gaveta de la mesa de noche y se mete a la ducha. Su corazón se acelera al pensar en Marcela.  Acaba de ducharse y ya está sudando, así que pone el ventilador al máximo. Se toma su tiempo para arreglarse el pelo, pues quiere verse bien. Se pone uno de los pantalones nuevos y una camiseta que le queda un poco larga.  

Abre la gaveta, toma la pistola y se la queda mirando. Piensa en su padre.


Escucha la bocina de un carro: ahí afuera están sus amigos, que llegaron a  recogerlo. No devuelve el arma a la gaveta, sino que sin pensar, se la prensa entre el pantalón y la espalda. Da un salto y acelera su paso hacia afuera. Tira la  puerta de la casa. Ya solo piensa en la fiesta, en Marcela.  


Sale y se monta en el carro, su amigo le ofrece un pucho de mariguana y ambos cantan una canción de Cancerbero («sí, sí, ninguna herida sana sin cicatriz»). Están muertos de la risa, ríen felices porque saben que las chicas los esperan en  el bar (tal vez Marcela le da un beso como regalo, o tal vez le da algo más). El  amigo estaciona el carro, se miran y chocan los puños. Se bajan del carro, entran al bar e inmediatamente la mirada de Carlos se dirige a la barra: ahí está su enemigo, justo ese día. 


En ese momento se le viene de golpe todo. Recuerda en cámara rápida todos los años de «bullying», recuerda lo humillado que se sentía cuando su  enemigo lo ponía en ridículo ante la clase y todos se reían, cuando le tiraba los cuadernos al basurero y todos se reían, cuando le sacaba sangre de la nariz en la  cancha del cole, cuando le mostraba el cuchillo para amenazarlo. Se le viene el recuerdo de las miradas, de las sonrisas burlonas de todos y se muere de rabia.

 

Marcela también está ahí, en el bar, pero está sentada en una mesa ubicada a su derecha. La mirada de Carlos va del enemigo, que está sentado en la barra, a Marcela, que está en la mesa con sus amigas. Ida y vuelta —de la barra a  Marcela—, sus ojos se mueven rapidísimo y sin parar —de Marcela a la barra.  Ping, pong, ping, pong.  


Entonces Carlos se topa con la expresión alegre de ella. Casi se queda perdido en la sonrisa de Marcela y por poco se olvida del enemigo, pero vuelve a ver hacia la barra y ahí está su rival, quien lo mira y le sonríe también. ¿Cómo pueden ser tan  diferentes dos sonrisas? 


En un segundo, todo se apaga: las palabras se esfuman, el oxígeno deja de fluir y su mundo se detiene; solo se mueve su mano que, como si tuviera vida propia, apunta y dispara seis proyectiles que se estrellan contra su objetivo.  


Rápido, preciso y firme, justo como le enseñó su padre.

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