Cada Quince
- Etty Kaufmann Kappari
- 22 ago 2021
- 5 Min. de lectura
Por Etty Kaufmann Kappari
Cuando estaba afuera yo vivía con papi, mami y una hermana once meses mayor
que yo. Mi hermana es como la luna llena, todo mundo la vuelve a ver. A ella
siempre la han piropeado, que qué ojos azules tan bonitos, que qué pelo rubio tan
terso. A mí ni me vuelven a ver cuando estamos juntas. Como si fuera invisible. Es
que ella además de bonita es muy activa, la gente la busca.
Yo tengo esa tendencia a juntarme con gente más fuerte que yo. Por ejemplo, mi
mejor amiga, Pamela, también es muy desenvuelta, era de las populares del cole.
Me encantaba andar con ella porque siempre inventaba cosas divertidas para
pasar el rato. Gente nueva, fiestas, partidos de fútbol. Y como siempre he sido
tímida, sola no hubiera podido, sola me hubiera aburrido porque, como dice papi,
soy pasiva para esas cosas.
Con el estudio sí me iba muy bien. Sacaba de 70 para arriba. Le hacía todas las
tareas a Pamela porque a ella le costaba un poco, sobre todo matemática.
Aquí en el penal es diferente la vida. Imagínese que al poco de entrar, una
muchacha me hizo ser su pareja. Y yo, ¿qué le iba a decir?
Pero al final tener novia no resultó tan malo, ella también me cuida y me mima;
incluso me consigue chocolates y para mis dieciocho me preparó fiesta en el
pabellón. Lo bueno es que me siento acompañada, entonces, no la paso tan mal.
Lo que sí le digo es que nunca me hubiese imaginado con novia. Desde chiquita
quiero novio, ojalá, Dios lo permita, algún día ese deseo se me haga realidad.
Aquí extraño mucho a Pamela y a mi hermana. Por dicha vienen juntas a verme
cada dos semanas. Ellas también vinieron para mi cumpleaños, obvio, no podían
faltar. Me da mucha ilusión cuando visitan porque además ya se han hecho
amigas de todas las compañeras de aquí. Incluso cuando vienen, mi pareja solo
tiene ojos para ellas. Es que cuando ellas están sobresalen.
Yo no sé qué haría sin ellas. Y ellas dicen lo mismo de mí. Es un amor de verdad.
Cuando estaba en décimo de secundaria, mi hermana y Pamela, casi al mismo
tiempo empezaron a salir con unos muchachos. Andábamos de arriba para abajo
los cinco. Y ellas, desesperadas por conseguirme novio, pero es que viera cómo
me cuesta. Apenas invitaban a algún muchacho para mí y salíamos, mis manos
empezaban a sudar a chorros. No le miento, ¿ve? Por eso siempre ando un paño
conmigo, porque cuando me pongo nerviosa, como si de mis palmas salieran
aguaceros.
Eran buenos tiempos aquellos… Íbamos a Mangos, el restaurante del barrio, y nos
pedíamos un batido de moras en leche y un arreglado y llegaba todo mundo a
verlas a ellas y yo la pasaba súper bien. Eran populares y gracias a ellas yo
pasaba divertida y bien acompañada.
Eso quedó atrás. Aquí la comida es horrible, entonces solo se come bien cuando
mi hermana y Pamela me traen cosillas, cereal, galletas y jugos. Una vez al mes
me traen un cepillo de dientes nuevo, champú, jabón y otra vez al mes, torta
chilena. Para el cumpleaños de mi pareja llegaron con globos y serpentinas, arroz
con pollo, frijoles molidos, papas fritas y no podía faltar la Fanta colita para todas
las del pabellón. Un banquete. Creo que ha sido de los días más lindos, como que
no parecía que estábamos en prisión.
Yo recuerdo ciertos días de cuando no estaba presa, ¿verdad? Como aquel que
andábamos los cinco en el cine, que fuimos a ver Shrek, hubiera sido un día
perfecto si no fuera porque el novio de Pamela se enojó, “que qué mandona, que
ya no la aguanto” y se fue y la dejó sola, ¿se imagina? A Pame se le vino el
mundo encima. Sollozaba. El rímel se le corrió y las lágrimas negras mancharon
su minifalda blanca. Yo ya ni me pude concentrar en la película, nos tuvimos que
ir.
Agarramos para la casa de ella. Nos quedamos acompañándola. La mamá le trajo
rivotril y al ratito ya estaba dormida, entonces ya mi hermana y yo nos fuimos para
nuestra casa. Al día siguiente Pamela llegó recuperada, como si nada, a decirnos
que tenía un plan para hacer que su novio volviera con ella. Le iba a decir que
estaba embarazada.
Pues le funcionó. Es que ella es buena para esas cosas, es muy inventiva.
A los días se me ocurrió preguntarle que qué iba a hacer cuando pasaran los
meses y no le creciera la panza. ¡Uy, cómo se enojó conmigo ese día! Por dicha
se le pasó rápido y volvimos a las risas.
Seguíamos como antes, saliendo los cinco a todo lado. Y de verdad, el novio de
Pamela se puso a preguntar sobre el bebé, que no se le notaba el embarazo, que
se veía igual. Pero Pamela con la suerte de Pamela… porque al poco mandaron al
novio a trabajar a Guanacaste y no podía volver porque solo tenía un día libre a la
semana. Muy lejos para estar regresando.
Los meses pasaron y yo ya la veía cambiada a Pame, diferente, con ideas raras.
Un día llegó diciendo que tenía la solución, que había visto que una vecina estaba
embarazada. Me empezaron a salir los chorros de sudor de mis palmas cuando
escuché su plan. Casi me deshidrato, se lo juro. Se me clavó como un susto
porque ya me estaba preocupando por ella. Pero no por eso me alejé, porque en
eso sí, yo soy fiel a las personas que quiero y hago lo que sea por ellas.
La cosa es que empezamos a seguir a la muchacha embarazada. Ella vivía sola,
era de Nicaragua y pensamos que no tenía a nadie aquí. Vigilábamos todos sus
movimientos, nos aprendimos sus rutinas. Cuando ella iba al hospital, nosotras
íbamos detrás y luego Pamela llamaba al novio por teléfono a contarle de la cita y
del bebé.
Poco a poco llegamos a hacernos amigas de la muchacha. Ya nos enteramos de
que iba a tener una niña. Entonces Pamela dijo que había que organizar un baby
shower. El día que empezó con los dolores, ella misma nos mandó mensaje que
iba para el hospital. La vimos volver del hospital con la bebé recién nacida.
Y una noche que llegamos a acompañar a la muchacha, Pamela llevó dos frascos
de rivotril. Es que la muchacha casi no dormía porque la bebé no la dejaba.
Entonces Pame pensó que eso la ayudaría. Como se durmió tan profundo, Pame
decidió llevarse a la recién nacida a su casa.
Pame llamó al novio y le enseñó la bebé por videollamada. ¡Usted hubiera visto la
cara del muchacho! Y ya ese mismo día él le dijo que a la mañana siguiente
pediría permiso especial en el trabajo para conocerla.
El problema fue que la muchacha no se despertó. Cuando eso pasó, una pariente
que vivía en la frontera reclamó a la niña. Entonces Pame ya se quedó también sin
novio.
Pame dice que ella siempre me va a estar agradecida. Es que ella es muy
delicada, jamás hubiera soportado la comida de acá, ni tener novia, ni el ruido en
el cuarto porque somos veintitrés en el pabellón. No hubiera podido.





Comentarios