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El Champú

  • Foto del escritor: Etty Kaufmann Kappari
    Etty Kaufmann Kappari
  • 13 jul 2021
  • 2 min de lectura

Actualizado: 12 sept 2021

Por Etty Kaufmann Kappari


Esa madrugada del 10 de julio de 1985, Fernanda entregó su tiquete al chofer, subió al asiento de atrás del bus y saludó a la señora que estaba en el asiento de al lado. Una señora que trabajaba en la casa de otra señora en San José y que iba de vacaciones a su Managua natal a visitar a la familia. La señora, que se llamaba Adilia, llevaba un pollo asado para el camino que perfumaba todo el ambiente. Cuando lo abrió, le ofreció a Fernanda, pero ella declinó porque iba muy nerviosa y tenía la garganta cerrada.

Los 424 kilómetros de bus entre San José y Managua no fueron tan cansados como sudados. Se sentía pegajosa. Fernanda debía esperar 10 horas en Managua antes de tomar el avión a La Habana. Alquiló un cuarto de un hotelito cercano al aeropuerto para esperar.

Durmió apenas cuatro horas. Le costó abrir los ojos. Se arrastró hacia la ducha. Tenía previsto tomarse un buen tiempo en el baño, así que fue por partes, encendió el agua fría, mojó su cuerpo, lo enjabonó y enjuagó. Luego su ritual para lavarse el pelo inició. El chorro de agua en su cabeza la despejó y la recargó de energía. Cerró la llave del agua y masajeó con el champú de rosas por varios minutos. Se pasó por el cuerpo más champú para sentir que el olor a rosas se quedaba en su piel.

Rubén la esperaba en Cuba y quería llegar oliendo a mujer.

Giró la llave del agua para quitarse el champú. Nada, ni una gota. Le llegó un golpe de adrenalina, un susto. Probó abrir el agua otra vez. Por más que una hace planes, no salen, -se dijo en voz alta con un poco de rabia. ¿Qué habrá pasado?

Esperó unos segundos, volvió a girar la llave del agua. Otra nada. Exprimió su pelo largo y colocho lleno de champú y se puso un paño.

Buscó en la maleta una bata, se la puso y salió del cuarto.

- Ah no, señorita -le dijo el conserje-, es sabido que aquí en Managua el agua se va todos los días a las 8 en punto.

Con el pelo hecho una calamidad y la piel más pegajosa que en el bus que la trajo de San José, se vistió. La ropa se le pegó a la piel y el pelo empezó a tomar forma de medusa.

Así llegó a La Habana.

Rubén no estaba esperándola.

Cuando Fernanda salió del aeropuerto sola, se soltó un aguacero de agua tibia que le lavó ese olor a rosas que ya la tenía mareada. Conforme caminaba, dejaba una estela de espumita blanca que se parecía bastante al velo de novia que llevaba en la maleta.


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